La calle se ha hundido como la nariz de un sifilítico.
El río es voluptuosidad que se prolonga en saliva.

(V. Maiakovski)

Arrastrándose como víboras que buscan huecos y sombras donde depositar sus huevos venenosos así se despliegan las palabras.
Hablar de uno mismo carece de importancia y de interés por mucho que nos empeñemos al respecto, pero el poeta lo hace como si fuera tabla de salvación para naufragios puntuales, y se aferra a ello como recurso que, a la vez, da la vida y la ensucia.
La palabra es terca, mucho más que la voluntad, y no ceja hasta desplegarse en todo su esplendor más allá del significado que lleve adherida; es su naturaleza exhibicionista, la mueve el deseo irrefrenable que nace de su arrogante superioridad y por eso nunca sabes si eres tú, poeta, quién las maneja o son ellas quiénes te utilizan:

Benditas y maldecidas. Bendecidas y malditas

Gracias por tu visita.

Manuel

(Pintura de cabecera: Paul Klee)

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